Cámara Nacional del Maíz Industrializado

Los transgénicos en el siglo XXI

En los últimos 20 años, el avance de la tecnología de recombinación de ADN, ingeniería genética, ha revolucionado la biología. La industria de la ingeniería genética cuenta con la capacidad para aislar un gen de cualquier organismo viviente e introducirlo en casi cualquier planta. Debido a la naturaleza de los sembradíos, las investigaciones sobre cultivos transgénicos han encontrado más áreas de aplicación que en la de los animales. La tecnología transgénica ofrece una variedad mayor de opciones para el mejoramiento del cultivo a través de la inserción de genes que la reproducción convencional.

La tecnología para modificar organismos nació en la década de 1970. Uno de sus avances más notorios, aparte de las aplicaciones médicas, puede reflejarse en la creación de nuevas variedades de plantas agrícolas transgénicas. De entonces a la fecha, muchos millones de hectáreas han sido sembradas anualmente con cultivos transgénicos comerciales, como soya, algodón, tabaco, papa (patata) y maíz, en varios países entre los que figuran Estados Unidos (28.7 millones de hectáreas en 1999), Canadá (4 millones de hectáreas), China (0.3 millones de hectáreas) y Argentina (6.7 millones de hectáreas) (James, 1999). Sin embargo, se ha debatido intensamente en torno a los beneficios y riesgos potenciales que podrían derivarse del uso de tales cultivos. Se estima que en 2003 se duplicaron las áreas cultivadas con plantas transgénicas y que actualmente se sigue extediendo. Aunque, las cifras no están actualizadas sirven para señalar como las técnicas de modificación genética se están expandiendo a nivel mundial.

En 2003, los cuatro principales productos agrícolas de manipulación genética fueron: la soya (41.4 millones de hectáreas, 61 por ciento), el maíz (15.53 millones de hectáreas, 23 por ciento), algodón (7.6 millones de hectáreas, 11 por ciento), y la canola (3.6 millones de hectáreas, 5 por ciento) (International Service for the Acquisition of Agribiotech Application).

Las modificaciones genéticas se han dirigido principalmente a las siguientes áreas: resistencia a factores bióticos como enfermedades ambientales producidas por hongos, bacterias y virus, además contra insectos, ácaros, y nematodos; resistencia abióticas como el frio, la salinidad, aridez, herbicidas; modificación en los frutos de la planta; aumento y enriquecimiento en vitaminas y minerales y supuestas sustancias anti–cancerígenas; modificación en la semilla para reducir el tiempo de cultivo; eliminación de alérgenos; cambios en la arquitectura de las plantas, habilidad para eliminación de metales; y producción de sustancias farmacéuticas. Entre todas estas modificaciones la tolerancia a herbicidas es la de mayor utilización junto con la resistencia a insectos y plagas. (Jornal of Cell and Molecular Biology 5: 111).

Por muchos años, la tecnología de la ingeniería genética estuvo restringida a la manipulación del genoma nuclear de la planta, esto es a la información genética propiamente de la planta. Recientemente, un segundo genoma de las células de las plantas ha sido añadido a la lista de la investigación de ingeniería genética. El cloroplasto, orgánulo encargado de llevar a cabo la fotosíntesis, es fuente de investigación. En su interior se encuentra un genoma circular que ha evolucionado de manera simbiótica, junto con la planta, desde hace millones de años. La posibilidad de manipular la información codificada en el genoma del cloroplasto ha facilitado el estudio en vivo de casi todos los aspectos de la expresión genética en este tipo de estructura genómica, como son los plásmidos. (Jornal of Cell and Molecular Biology 5: 111).

La utilización de las técnicas de modificación genética en plantas ha levantado grandes críticas y una voz fuerte de alerta. Entre los peligros más destacados se mencionan: la transferencia de la propiedad transgénica a cultivos nativos, criollos o plantas silvestres emparentadas: a través de la polinización cruzada (por el viento o los insectos polinizadores) cruzándose entre sí y convirtiendo a cultivos convencionales en transgénicos; la transferencia horizontal, esto es, el intercambio de información (material) genética entre especies no relacionadas entre sí. Este es un fenómeno que se da a nivel vegetal de forma natural y se ha detectado que también se produce de especies transgénicas a otras no transgénicas, incluso bacterias y virus del suelo.

La eliminación de especies de insectos que no son objeto de ataque por los transgénicos es un peligro potencial que tiende a destruir la biodiversidad ambiental en el área de cultivo. Los cultivos transgénicos Bt fueron modificados con los genes de la toxina de la bacteria Bacillus Thuringiensis para provocar en ellos resistencia a los lepidópteros. El polen de estos cultivos –maíz, por ejemplo–, puede matar a las orugas de otras especies (como la mariposa monarca) como lo demostró la Universidad de Cornell en 1999 y reducen la abundancia de heterópteros, abejas, aves y carábidos depredadores. Otro efecto que puede traer esta modificación es la generación de resistencia en las plagas de insectos y malezas que se propone combatir. Ya se han encontrado poblaciones de orugas resistentes al Bt y “supermalezas”: tal es el caso del ryegrass y del ballico annual, una de las malezas más comunes en Australia.

Uno de los problemas que trajo la revolución verde y que se pretende evitar con la modificación genética es la utilización de pesticidas, herbicidas e insecticidas, sin embargo, por ser genéticamente resistente a los pesticidas, los cultivos transgénicos (ejemplo: la soja resistente al herbicida glifosato) son fumigados con cantidades hasta tres veces mayores que en los cultivos convencionales y, al crear resistencia en plagas, obliga a los agricultores a combinarlo con agroquímicos mucho más tóxicos. El remedio parece ser peor que la enfermedad.

En mayo de 1999, la Asociación Médica Británica (AMB) publicó una advertencia sobre los organismos genéticamente modificados, en su pronunciamiento señalaron el efecto potencialmente dañino del consumo de estos alimentos en el ser humano. La AMB se enfocó sobre los efectos alérgicos, resistencia a antibióticos y toxicidad. En el mundo de los transgénicos es bien conocido que los cultivos transgénicos contienen genes riesgosos, entre los que están por ejemplo, genes resistentes a antibióticos que son utilizados como marcadores y promotores de secuencias derivados de virus. El efecto horizontal en el ser humano no se investigado. Se requiere la intervención científica des–maniatada de patentes e intereses económicos que pueda contrastar los benéficos contra los efectos tóxicos. No será la primera vez en la historia que el conocimiento científico se utilice para el beneficio de unos pocos y el daño de muchos.

La Jornada de Oriente

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