A Norman Borlaug, el padre de la Revolución Verde de las décadas de 1960 y 1970, le quedaban sólo meses de vida cuando recibió la visita de un viejo amigo: Rob Fraley, jefe de tecnología de Monsanto Co.
Borlaug, Premio Nobel de la Paz en 1970 por su labor en el aumento de producción alimentaria en áreas susceptibles a la hambruna, recibió a Fraley en su casa de Dallas y ambos hablaron de un tema cercano a sus corazones: el futuro de la agricultura y el desafío para alimentar a la población global.
Fraley, que conoció a Borlaug hace 20 años cuando eran miembros fundadores de un grupo agrícola que trabajaba con naciones del tercer mundo, mostró a su amigo fotos de los nuevos tipos de maíz que Monsanto estaba desarrollando.
Usando biotecnología y transferencias genéticas, Monsanto, la mayor compañía productora de granos del mundo, espera crear una variedad de maíz que crezca bien en condiciones secas, incluso en la Africa proclive a las sequías, ayudando a aliviar el hambre y la pobreza y a engrosar sus ingresos.
“Le estábamos mostrando algunas fotos del maíz resistente a las sequías”, recordó Fraley. “Pude ver que sus ojos se habían empezado a llenar de lágrimas, y dije, ‘Norm, ¿qué sucede?’ El dijo, ‘Rob, sobreviví hasta la Revolución Verde. No creo que llegue a ver la revolución genética’”, agregó.
El tema de la conversación de Fraley con su amigo ese día resaltó el despliegue de la era moderna de la agricultura global. En este nuevo paradigma, el cultivo tradicional de plantas está dando lugar a las herramientas de alta tecnología de corporaciones ricas como Monsanto, las cuales tienen un rol cada vez más poderoso en determinar qué y cómo come el mundo.
También está generando polémica, ya que los críticos siguen cuestionando la seguridad de los cultivos biotecnológicos y temen un control cada vez mayor del abastecimiento de alimentos por parte de las grandes corporaciones.
De todos modos, pocos niegan que hace falta hacer algo. Naciones Unidas ha dicho que la producción de alimentos debe más que duplicarse en el 2050 para satisfacer la demanda de la creciente población mundial y esas estrategias innovadoras son necesarias para combatir el hambre y la desnutrición, que ya afectan a más de 1.000 millones de personas.
En medio de este funesto panorama, Monsanto está conformando una coalición de firmas interesadas para dar pie una segunda Revolución Verde.
“Lo que hacemos se basa en lo que él comenzó”, dijo Fraley respecto de Borlaug, quien murió en septiembre a los 95 años.
MALABARES GENETICOS
Fundada en 1901 como fabricante de sacarina, Monsanto atravesó varias evoluciones. La compañía gasta aproximadamente 2 millones de dólares al día en investigaciones y desarrollos agrícolas, más que cualquier otra.
Mosanto emplea unos 400 científicos en la zona de St. Louis en Estados Unidos y aplica nuevas tecnologías a la genética de plantas, con el objetivo de duplicar el rendimiento de los principales cultivos, como el maíz y la soja, hasta el 2030.
“Si hacemos eso con éxito, no sólo será bueno para Monsanto, será bueno para el mundo”, dijo Fraley.
Mientras se posiciona a como líder en la lucha global contra el hambre, Monsanto ha comenzado a trabajar con organizaciones sin fines de lucro en naciones pobres, donando tecnología y genética para ayudar a los granjeros necesitados.
Estas medidas corren paralelamente a las ventas comerciales de Monsanto de caras semillas y químicos agrícolas a granjeros de naciones pudientes, que ha convertido a la compañía en la niña mimada de Wall Street y la ayudó a contabilizar un récord de ventas netas de 11.700 millones de dólares e ingresos netos por 2.100 millones de dólares para el año fiscal 2009.
El Departamento de Agricultura de Estados Unidos y gobiernos de todo el mundo están alentando a Monsanto -además de a sus rivales DuPont, Dow Chemical, BASF- para que trabaje con académicos, fundaciones e instituciones públicas y halle el modo de incrementar la producción mundial de alimentos.
Los cultivos resistentes a las sequías, particularmente el maíz, están entre las prioridades ante las preocupaciones por el cambio climático. El trigo mejorado también es un objetivo.
El maíz y el trigo representan aproximadamente un 40 por ciento del alimento del mundo y un 25 por ciento de las calorías consumidas en los países del tercer mundo. Millones de personas extraen más de la mitad de sus calorías diarias del maíz y el trigo solos, según la Organización de Alimento y Agricultura de Naciones Unidas (FAO).
“Queremos alentar al sector privado para que ayude a las investigaciones. Estos son temas importantes para todos los estadounidenses y el resto del mundo”, dijo Roger Beachy, el director recientemente designado por el presidente Barack Obama en el Instituto de Alimento y Agricultura de Estados Unidos.
Críticos dicen que el trabajo sin fines de lucro busca enganchar a granjeros de países pobres en su costosa tecnología agrícola. Pero Monsanto y sus partidarios dicen que es el único camino para producir suficiente alimento y satisfacer a una población mundial que llegará a los 9.400 millones en el 2050.
MAIZ PARA AFRICA
La labor humanitaria de Monsanto en México, Africa, India y otros lugares todavía está en su etapa inicial. Uno de sus proyectos más recientes es una participación en el desarrollo de un tipo de maíz que crece mejor en zonas proclives a sequías del continente.
“La sequía encabeza la lista como el desafío para los granjeros de allí”, dijo Natalie DiNicola, directora de sociedades para desarrollo global de Monsanto.
Monsanto está trabajando con investigadores africanos en el marco de una colaboración lanzada en marzo de el 2008 con fondos de la Fundación Bill and Melinda Gates y la Fundación Howard Buffett.
La compañía está donando algunos de sus “marcadores” genéticos y otros recursos para el cultivo. Cinco naciones africanas -Uganda, Kenia, Mozambique, Sudáfrica y Tanzania- son sitios donde el proyecto está siendo puesta a prueba.
Este trabajo se produce en momentos de “tremenda necesidad” para los granjeros africanos, quienes a veces sufren la pérdida de toda su cosecha debido a la sequía, dijo Daniel Mataruka, director ejecutivo de la Fundación Africana de Tecnología Agrícola, con sede en Kenia.
“La estrategia de todo el proyecto es asegurar la estabilidad del rendimiento (…) que haya algún tipo de rendimiento”, dijo Mataruka.
Además de ayudar a granjeros pobres a obtener mejores semillas, el proyecto también los educa y asiste respecto al uso adecuado de fertilizantes y gestión de la tierra. Aunque el objetivo de Monsanto a corto plazo es el “bien global”, la compañía espera que con el tiempo los granjeros que ayuda se conviertan en clientes comerciales.
“Existe una absoluta necesidad de ayudar a estos granjeros (…) darles más seguridad alimenticia y ayudarlos a salir de la pobreza”, dijo DiNicola. “Esperaríamos que proyectos como este y otros puedan sacarlos de la pobreza lo suficiente como para que algún día el mercado funcione y se conviertan en clientes nuestros”, agregó.
Reuters